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Homilías Dominicales
Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario
28 de Enero del 2007
Ciclo C
 
Primera Lectura: Jeremías 1: 4-5, 17-19
Salmo Responsorial: Salmo 71: 1-2, 3-4, 5-6, 15, 17
Segunda Lectura: 1 Corintios 12: 31- 13:13
Evangelio: Lucas 4: 21-30
 
Las palabras de amor
La segunda lectura de este domingo es la lectura oficial del sacramento 
del matrimonio. Se ha hecho casi costumbre que únicamente hablamos y 
reflexionamos sobre al amor cuando asistimos a una boda y somos testigos 
del amor hasta la muerte que se profesa una pareja de enamorados. Sin 
embargo repetimos, conjugamos, y jugamos con la palabra amor casi cada 
día de nuestras vidas. San Pablo nos define sutilmente el amor 
cristiano este domingo.
 
Pero será hasta el final de la segunda lectura que San Pablo nos 
descubre el porqué hemos de ambicionar el único don que llegará a la 
perfección. Nos recuerda que un “día los hombres dejarán de 
profetizar… porque la profecía y la ciencia son imperfectas y no serán ya 
necesarias, y llegarán a su fin cuando venga lo perfecto”. En esta vida 
terrenal nuestra hemos vivido del cumplimiento de las profecías y nos 
alimentamos diariamente del conocimiento de la ciencia. Ambas nos 
permiten entender la realidad y verla aunque parcial y borrosamente. Pero un 
día dejarán de ser imprescindibles, porque solo el amor, el perfecto,  
bastará.
 
La primea lectura nos recuerda que el Profeta Jeremías había sido 
escogido antes de que naciera para ser profeta de las naciones para que 
confrontara a reyes, jefes, sacerdotes y a toda la nación de Judá. El 
Evangelio de San Lucas nos relata como, al igual que a los otros 
profetas, Jesús es rechazado por su propia gente. Los profetas, y sus 
profecías pasaran. El Profeta, Sacerdote y Rey, el Hijo de Dios al igual que 
aquellos que profetizaron su nacimiento y su Reino, será rechazado por 
su misma gente. Lo único que perdurará será la palabra ultima y 
culminante de Jesús, del Hijo de Dios: la palabra sobre el amor, hecha 
carne y resucitada.  Desde la última cena hasta la crucifixión, desde la 
resurrección hasta Pentecostés, desde el martirio de los primeros 
cristianos hasta nuestros días, la palabra sobre el amor es la que ha 
dado sentido a lo que somos, hacemos y aspiramos alcanzar. Es la hemos 
llegado a conocer parcialmente, pero la única que llegaremos a conocer en 
plenitud.
 
Cuando miremos cara a cara a Dios, esa palabra de Amor, anticipada por 
los profetas, será la única que podremos pronunciar ante la presencia 
del Padre. En ese día, el día más importante en la vida de todo 
cristiano, aquella verdad que veíamos un tanto borrosa y parcial en esta 
vida terrenal, será humanamente plena. Como decía al principio, la 
liturgia del sacramento del matrimonio nos obliga a reflexionar sobre el 
amor. Somos testigos de la promesa de amor que un hombre y una mujer se 
hacen frente al altar. Y siendo testigos queremos convertirnos como en 
los profetas que anticiparán la felicidad hasta la muerte de esa 
pareja que busca convertirse en un solo cuerpo y un solo espíritu.
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a preguntarnos si tenemos el 
valor para llegar a profetizar el futuro de las palabras de amor que 
pronunciamos cada día. ¡Cuántas veces decimos ‘te amo’ en esta 
vida! ¡Con que facilidad prometemos a amor! ¡Y con que facilidad esas 
palabras de amor en muchas ocasiones se las lleva el viento! San Pablo nos 
recuerda que el amor ‘es creerlo todo y soportarlo todo’ y entonces 
porqué nos damos tan fácilmente por vencidos en esta aventura que 
llamamos amor. ¿Por qué tantos divorcios? ¿Por qué tantos hijos e 
hijas abandonados por sus padres? ¿Por qué tantos enfermos sin ser 
visitados en los hospitales? ¿Por qué tantos ancianos olvidados en los 
acilos? ¿Por qué tantos hermanos y hermanas nuestros contagiados de la 
enfermedad más terrible: la soledad?
 
¿Cuántos corazones hemos roto en nuestra vida cuando hemos prometido 
amarles y les hemos dado la espalda tan fácilmente?
¿Qué valor tienen las palabras de amor en nuestra vida?
Dependiendo de la respuesta a esta pregunta dependerá también el que 
algún día podamos saborear a la perfección el don supremo que Jesús 
nos invita a aspirar. Jesús, con su muerte y resurrección por 
nosotros, le dio a su Palabra de Amor un sabor a vida eterna, a vida plena, y 
felicidad sin límites.
 
W. Candanedo, O.P.
WCandanedo@opsouth.org



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(revised 01-11-06)